Primera Guerra Mundial. Jean Diaz es el único de su patrulla que, milagrosamente, sobrevive a una terrible acción bélica. Cuando acaba la guerra, Jean sigue torturado por la inútil muerte de sus compañeros, y comienza a frecuentar el cementerio donde todos están enterrados.

Dirección: Abel Gance. Producción: Forrester-Parant Productions. Productor: Abel Gance.  Guion: Abel Gance, Steve Passeur. Música: Henri Verdun. Fotografía: Roger Hubert. Decorados: Henri Mahé. Montaje: Madeleine Crétolle. FX: Paul Minine, Nicolas Wilcké (efectos especiales). Intérpretes: Victor Francen (Jean Diaz), Line Noro (Edith), Marie Lou [Sylvie Gance] (Flo), Marcel Delaître (François Laurin), Georges Saillard (soldado Giles Tenant), Jean-Max (Henri Chimay), Renée Devillers (Hélène), Paul Amiot (el capitán), André Nox (Léotard), Georges Rollin (Pierre Fonds), Jean-Louis Barrault, Romuald Joubé, Georges Cahuzac, Jean Brochard… Nacionalidad y año: Francia 1938. Duración y datos técnicos: 118/104/95 min. B/N 1.37:1.

poster yo acuso

En 1919 Abel Gance estrenó ¡Yo acuso…! (J’accuse). Recién acabada la Primera Guerra Mundial —«la guerra que acabará con todas las guerras» fue la frase con la cual fue promocionada[1]—, parecía bastante pertinente esta película que, a modo de parábola fantástica, hacía levantar a los muertos caídos en combate para enfrentarse a la sociedad de la que habían sido víctimas[2]. A mediados de los años treinta, con la ascensión de los fascismos europeos —Hitler había ascendido al poder en 1919 cuando se unió al Deutsche Arbeiterpartei, pero el 30 de enero de 1933 había sido nombrado canciller por el presidente Paul von Hindenburg; España e Italia llegarían poco después—, hacer una nueva versión de la película, ahora sonora, volvió a resultar más pertinente aún.

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El film está dividido en dos partes. La primera es como una típica cinta antibélica centrada en la Primera Guerra Mundial, como lo podrían ser Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930) o Senderos de gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1957). De hecho, el arranque de la presente es muy similar al de la cinta de Kubrick, pues ambas presentan idéntica situación, con una taberna en el frente francés y los soldados disfrutando del canto de una camarera antes de partir a la guerra. En esta parte se centran dos historias, una personal, la otra global. En la primera, un soldado, Jean Diaz, está enamorado de la esposa de un compañero; ambos sellan un pacto de amistad, y Jean promete que, si su camarada cae en el frente, él no intentará acceder a la mujer. Mientras, vamos viendo lo que acontece en batalla, con muchas escenas de archivo, no tanto para ahorrar sino para plasmar una atroz realidad. Son infinitos los planos de soldados muertos, semienterrados en el barro, en posiciones atroces. Simbólico el momento en que, entre tanta barbarie, encuentran una paloma blanca y decide enterrarla; cuando alguien pregunta por él, le responden: “Está enterrando a la paloma de la paz”. Tras una misión, toda la patrulla de Jean Diaz cae muerta, pero repentinamente se dan cuenta de que Jean está aún vivo. Desde entonces, él se erigirá en una forma de conciencia de los que cayeron en el frente por una lucha estúpida y sin sentido.

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Acaba la guerra, y comienza el segundo acto. Jean frecuenta a Edith, la esposa de su compañero abatido, pero no se atreve a hacer un acercamiento. Pasan los años, y la pequeña niña de Edith crece, y Jean empieza a sentirse atraído por ella. Tal como confiesa, porque le recuerda a aquella a la cual no se le permite amar. Mientras, trabaja en una empresa de vidrio. Pero, al mismo tiempo, se dedica a visitar el cementerio donde yacen todos los caídos en combate en la Gran Guerra. Es hacia esa parte donde se vislumbran unos pequeños detalles que acercan el film hacia la ciencia ficción. Jean desarrolla algo que denomina “vidrio de metal”, y con él sus compañeros, a sus espaldas, construirán una especie de traje militar que protege a los soldados de las balas enemigas, y cuya apariencia recuerda un tanto, pero cristalizado, a la vestimenta de aviación que portaba Raymond Massey en La vida futura (Things to Come, William Cameron Menzies, 1936). Por otro lado, el clima prebélico se va enturbiando más y más, hasta que todo se resquebraja y estalla la guerra. En unos planos que se ven se vislumbras desfilando unos soldados orientales, lo cual hace pensar en una guerra entre Europa y Asia.

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Abel Gance también nos obsequia con una escena estremecedora, de la cantina del inicio, situada ahora frente al cementerio de los caídos, azotada una noche de tormenta por los relámpagos, y rodada como si fuera una película de terror. Los efectos de iluminación y los encuadres potencian una atmósfera lóbrega y estremecedora, donde parece que las almas de los caídos claman venganza.

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Poco a poco, Jean comienza a desequilibrarse, y hacia el final tiene un acceso de lucidez, cuando percibe que le han robado su invento y a su prometida. Pero tras un acceso de rabia, logra controlarse y descubre su misión, que no es otra que intentar aplacar esa inminente guerra, y solo él es quien tiene capacidad de ponerle freno. Cabe la posibilidad de que, por algunos elementos que se ofrecen en esos instantes, Jean en realidad muriera en la escaramuza del inicio, y que por algún tipo de poder extraterreno sus compañeros le hicieran volver para ser su voz. Sea como fuere, Jean regresa al cementerio y, en una escena antológica, invoca a los muertos y los hace alzarse de sus tumbas.

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Los efectos especiales para estas escenas son muy sencillos. Son, por lo general, actores caracterizados con un maquillaje muy básico que emula una calavera, pero que resulta muy efectivo. Hay un plano de un aviador esquelético apasionante. Se ofrecen mediante transparencias o sobreimpresiones, sobre diversos decorados, sin estar bien calculada la perspectiva ni la distancia, por lo cual no queda convincente que estén caminando por esos parajes; aunque sospecho que tampoco es esa la intención, sino la de darles cierta apariencia alegórica. Hacia el final, se van añadiendo cada vez más primeros planos, no de actores caracterizados, sino de auténticos veteranos de guerra con atroces deformaciones en los rostros, para potenciar aún más el horror de la situación.

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Abel Gance crea una película que varía de tono de manera constante, así comienza como un film bélico (antibélico), sigue como un melodrama, después se convierte en un drama psicológico, luego adquiere un leve barniz de ciencia ficción y de terror y finaliza como una alegoría fantástica. Por supuesto, no todos estos ingredientes están suministrados con igual habilidad, y la parte más débil, sobre todo vista desde la perspectiva actual, es la de melodrama, con las cuitas amorosas de Jean basculando entre una madre y su hija. Todo lo demás posee una intensidad extraordinaria, y es servido, en especial, por una interpretación excelente por parte de Victor Francen, que atraviesa por muchos estados emocionales a lo largo de la película, y que queda muy por encima del resto del elenco, sin ser este despreciable. Por otro lado, tenemos el excelente dominio de la cámara por parte de Abel Gance, que de nuevo demuestra cómo, en el cine clásico, el primer plano no servía para ver más guapos a los actores, sino para enfatizar momentos o estados anímicos. Su capacidad para la composición de los planos resulta apabullante, y la fuerza expresiva de muchos momentos deja atónito al cinéfilo más curtido.

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Todo ello, para crear una parábola que al mismo tiempo supone una advertencia contra los fascismos que, en ese instante, afloraban en el mundo, lanzando además un alegato a favor de una Europa unida. En tiempos como los actuales, un discurso como ese no queda precisamente anticuado.

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Anécdotas

  • Títulos anglosajones: I Accuse / I Accuse (That They May Live) / That They May Live.
  • La edición en DVD de Olive Films está incompleta, faltando una escena crucial.
  • Hay planos que están aprovechados de otra película de Abel Gance, la cinta de ciencia ficción La fin du monde (1931).
  • Estrenada en Francia el 22 de enero de 1938. En España se vio por primera vez el lunes 12 de agosto de 1985 en el segundo programa de TVE, a las 21:30, en el ciclo «Clásicos del cine francés».
  • El 23 de julio de 2019 se proyectó en la Filmoteca Nacional, en Madrid, una copia restaurada de casi dos horas, con un rótulo final, evidentemente redactado después de la guerra, con firma del propio Abel Gance, y sin duda destinado a alguna posterior reposición.

 

Carlos Díaz Maroto (Madrid. España)

 

CALIFICACIÓN: ****

  • bodrio * mediocre ** interesante *** buena **** muy buena ***** obra maestra

 

[1] De hecho, el creador de la frase fue nada menos que H. G. Wells, en una serie de artículos en los periódicos de Londres, que posteriormente aparecieron en un libro titulado The War That Will End War (London: Frank & Cecil Palmer Red Lion Court, E.C., 1914). El libro entero está disponible en https://archive.org/details/warthatwillendwa00welluoft/page/10

[2] Abel Gance era muy dado a remontar y hacer nuevas versiones de sus películas, y de esta cinta muda se hicieron diversos montajes. La copia que hoy existe, editada en DVD en 2008 —no en España, por supuesto— tiene una duración de 166 minutos.